SE ARRIENDAN MENTIRAS

Es común ver en los currículums de las personas la expresión “Soy bueno trabajando bajo presión”. Esto será verdad algunas veces, pero otras será una pequeña mentira. Mentir es un pecado, aunque también es un comportamiento racional: Se hace para parecer mejor de lo que uno realmente es, bien porque estamos ante un entrevistador, una conquista o un funcionario. Mentimos porque el beneficio esperado supera el costo. Los seres humanos decimos, en promedio, 6 mentiras al día.
Es dificil creer que las razones para mentir sean provocadas por una ley, pero podría ser así si se aprueba un proyecto que pretende que todos los contratos de arrendamiento de vivienda urbana incorporen, de manera obligatoria, una póliza de arrendamiento. Ese tipo de seguro ya existe en el mercado y es opcional. Cada arrendador determina si quiere o no pedir esa póliza a su futuro inquilino. Si éste incumple los pagos a los que está obligado, la aseguradora responde. El trabajo previo de la aseguradora es, básicamente, verificar la capacidad de pago del inquilino. Uno supondría que el proyecto está pensado para proteger a los propietarios. Las historias extravagantes de arrendatarios incumplidos dan rabia, y uno estaría tentado a celebrar la iniciativa. Sin embargo, los resultados de una ley de esa naturaleza podrían no ser tan buenos. 
Hoy día, un individuo que no “pase” el exámen ante una aseguradora consideraría las siguientes opciones: 1) Repetir tantas veces el proceso de solicitar la póliza, esperando que en alguna de ellas lo logre. 2) Buscar vivir en un sitio donde no exijan la póliza, aunque seguramente no será donde quería hacerlo inicialmente. 3) Pactar un mayor valor del cánon de arrendamiento con el propietario y de esa manera compensar el riesgo.
Si se impone un seguro obligatorio en esos contratos, las negociaciones privadas entre las partes podrían ser nulas o darse en términos non sanctos. Como la realidad es mucho más fuerte que una norma puesta en un papel, posiblemente se firmarían contratos sin esa exigencia ¿Qué creen que pasaría en los pueblos donde la oferta de aseguramiento es casi nula?

Las partes también podrían decir que el valor del contrato es menor al real, y de esa forma el inquilino pasaría el exámen de la aseguradora. O bien, sin tener opción de buscar una vivienda que no exija la póliza, porque la ley no lo permite, un inquilino rechazado sólo tendría la opción de mentir a la aseguradora para parecer un mejor deudor de lo que realmente es. En los dos últimos casos, la ley estaría creando incentivos para mentir. Bueno, ante una aseguradora siempre es posible mentir, pero con la obligación del seguro se cierran las puertas a las posibilidades de negociación privada. El mercado negro de las certificaciones falsas estaría dichoso.
Pero el principal problema del proyecto no serían las mentiras. La mayoría de las personas cumple sus contratos (Hubiera sido fantástico que el proyecto incluyera datos sobre el mercado de arriendo, el de seguros y de los procesos judiciales asociados. Como no los trae es imposible hacerse una idea real de la situación). El verdadero problema es, en mi opinión, la lógica que subyace al mismo: “Las personas no son lo suficientemente buenas determinando qué es lo mejor para ellas mismas. Por eso les facilitamos las cosas, les diremos cómo deben hacer sus contratos.” Esto no significa que los malos deudores tienen derecho a deshonrar sus compromisos, ni más faltaba. Creo que es más importante la libertad de los individuos para hacer sus acuerdos como quieran, y ello implica soportar las consecuencias de sus decisiones, las buenas y las malas. Los sistemas no son perfectos y los acuerdos privados siempre tendrán un margen de ineficiencia e incumplimiento, pero eso no signifca que se deban inventar regulaciones que encarecen el mercado y que crean más problemas de los que resuelven. Me imagino que la solución a las nuevas trabas sería, equivocadamente, más y más regulación. Así los legisladores seguirían diciendo “Lo mío ha sido el impulso de leyes para defender a los ciudadanos”. Tal vez es lo que ponen en sus currículums.

TIEMPOS INTERESANTES

Hay una maldición china que dice “Ojalá vivas tiempos interesantes”. Extraña maldición, aunque con mucho sentido. En esas épocas se generan los desarrollos intelectuales y tecnológicos más excitantes. Pero también son épocas peligrosas, violentas y problemáticas. Vivir en uno de esos tiempos, por atractivo que parezca, no será nada tranquilo. Así que si un chino nos dice eso, no nos sintamos halagados.


Terry Pratchett, escritor inglés, tituló Tiempos Interesantes uno de sus maravillosos libros. Es sobre un mago haragán que quiere vivir muy tranquilo y termina siendo protagonista de una revolución. Es literatura fantástica de héroes, dragones y hechiceros poco tradicionales. En su obra hay sarcasmo, humor negro, burlas al establecimiento, a la guerra, al nacionalismo. Pratchett no se tomaba muy en serio a sí mismo, pero lo que escribía era de una seriedad demoledora, aunque no parezca. 

En el 2010, T. Pratchett filmó un documental con la BBC llamado Eligiendo Morir. Mostraba la vida de 2 ingleses que sufrían terribles padecimientos causados por enfermedades irreversibles. Decidieron ir a Suiza a contratar los servicios de una empresa que ayuda a personas muy enfermas a suicidarse. Todo en un ambiente tranquilo, digno y rodeados de las personas más importantes en sus vidas. Viajaron a Suiza porque en Inglaterra las leyes prohíben el suicidio asistido. Terry Pratchett, de cierta manera, también era protagonista de la historia porque tenía Alzheimer y en el filme se preguntaba si, eventualmente, sería capaz de tomar esa misma decisión cuando la enfermedad fuera insoportable. Finalmente no tuvo que hacerlo. Murió hace tres semanas, el 12 de marzo de 2015.

“Conozco a las personas que hablan de sufrir por el bien común. ¡Nunca son ellos, joder! Cuando oyes a un hombre gritar: ¡Adelante, bravos camaradas!, verás que siempre es el que está detrás de la jodida roca enorme, y el único que lleva el casco realmente a prueba de flechas” Tiempos Interesantes

En Colombia, con relación a la eutanasia, se ha presentado un proyecto de ley que pretende despenalizar el suicidio asistido y la eutanasia activa, siempre que la ejecute un médico y si hay un consentimiento y una decisión libre del paciente. Sin embargo, dos cosas lo mejorarían, por lo menos para su entendimiento: La primera es incorporale datos. No hay un sólo dato o estadística en la justificación de este proyecto de ley que ayude a comprender el problema en sus reales proporciones. Podría, eventualmente, ser muy útil saber cuántos pacientes han interpuesto tutelas para que les autoricen una eutanasia. Cuántas tutelas se resuelven favorablemente o cuáles son las enfermedades más recurrentes por las cuáles alguien está dispuesto a morir. Es posible que al final del ejercicio los datos no nos digan muchas cosas, tal vez ni existen esos datos; pero cualquier intento por regular una realidad tiene que hacer un intento por comprenderla, y la comprensión no puede ser a través de anécdotas e intuiciones.


La segunda es eliminar temas que sobreregulan innecesariamente: Establecer normas sobre cuántos médicos se necesitan para saber si un paciente sufre dolores intensos (Dos); o cómo y por cuanto tiempo hay que hablar con el paciente para determinar que en efecto sí quiere terminar con su vida (De forma “digna y humana”, y “reiteradamente”); o con cuanto tiempo de anticipación debe alguien haber dado instrucciones para que le apliquen la eutanasia si llegado el caso no pudiera expresar su voluntad (5 años), volverían complicado algo que podría ser sencillo. 

Los argumentos religiosos, jurídicos y médicos a favor o en contra de la eutanasia son tantos y tan interesantes que es imposible pretender revolverlos todos. Personalmente creo que la decisión del individuo debe primar sobre cualquier otra consideración. La libertad, a pesar de que se diga lo contrario, constantemente está bajo ataque, y muchas veces por parte de quienes dicen defenderla. Pero si se ha llegado a ese punto es porque somos un poco culpables. Hemos cedido muchas de nuestras responsabilidades; suponemos que las autoridades, por el mero hecho de serlo, están en mejor posición para decirnos cómo debemos actuar, con quién casarnos y hasta cómo educar a los hijos.  

Termino diciendo que la libertad y la responsabilidad son caras de una misma moneda que debería volver a nuestro bolsillo. Sir Terry Pratchett sabía que estos son tiempos para defender la libertad, y por eso escribió: “No se puede ir por ahí construyendo un mundo mejor para la gente. Sólo la gente puede construir un mundo mejor para la gente.”


El documental Eligiendo Morir lo pueden ver aquí.

DE VÍBORAS, DELINCUENTES Y CADENA PERPETUA


La cadena perpetua para violadores y asesinos de menores que de nuevo se propone en Colombia podría tener unas consecuencias imprevistas, nada buenas, similares las que dieron lugar a la expresión El Efecto Cobra.

Todos hemos visto a una Cobra, la serpiente. No hay que ser biólogo para saber que es muy peligrosa. La siguiente es una anécdota sobre ésta serpiente, ocurrida durante la ocupación británica de la India: El gobierno Inglés estaba preocupado por la cantidad de muertos causados por la picadura de la cobra. Se pensó e implementó una solución que tenía cierta lógica: Le pagarían a las personas una cantidad de dinero por cada cobra muerta que trajeran. No suena mal: Se crea un incentivo económico, los ciudadanos contribuyen a solucionar un problema, y además éstos se ganan unos pesos. Sin embargo, vino algo no tan bueno, algunas personas empezaron a tener criaderos de cobras, luego las mataban y finalmente cobraban el beneficio. Al gobierno británico no le gustó mucho, se sintió burlado y dejó de pagar la recompensa. Pero entonces, quienes habían criado cobras ya no tenían ningún interés en tenerlas por más tiempo y las liberaron. Al final, la población de las cobras superó en número a la cantidad que había al comienzo, antes de empezar a pagar por cada cobra muerta. Lo que era un propósito “bueno” terminó no siéndolo. 

El efecto cobra es un ejemplo de un fenómeno más grande llamado “Ley de Consecuencias Imprevistas”, que ocurre cuando se generan unos resultados, por lo general malos, que nunca fueron anticipados por quien realizó la acción.

Ahora bien, no hay nada más execrable que un delito cometido contra los niños. Sin embargo, aplicar la misma pena para cualquiera de esos dos delitos podría crear un incentivo perverso que generaría, a la larga, consecuencias iguales o peores que aquellas que trata de evitar.

Partamos de un supuesto y es que las personas somos racionales en términos económicos, es decir que actuamos de cierta manera sólo cuando los beneficios superan a los costos. Aplicar esa misma lógica a un criminal fue un enfoque original propuesto por Gary Becker (Economista que recibió el premio nobel en 1992, murió en 2014 y llevaba junto con Richard Posner un blog imprescindible que pueden ver aquí). Tener ese enfoque sobre el criminal nos lleva a pensar que éste comete su crimen si la utilidad que le reporta esto es superior al costo de cometerlo. Y por utilidad cabe cualquier cosa que le genere satisfacción, física o sicológica. Cuando hablamos de utilidad no hablamos solamente de dinero. Y por costo caben, igualmente, muchas cosas: No sólo la plata invertida para comprar un arma, sino también: a) La probabilidad de que lo capturen, y; b) La magnitud de la pena asociada al delito. Un criminal sabe, en mayor o menor medida, que ciertos delitos generan una mayor pena que otros. Y también tiene una percepción sobre que tal estamos en Colombia a la hora de agarrar a un criminal.  
Estas dos variables, probabilidad de ser capturado y magnitud de la pena, son las que realmente tienen la posibilidad de disuadir a un delincuente de cometer un crimen. Si ambas son muy altas, cometer un delito será costoso; y si el costo supera a la utilidad no se comete el crimen. Sin embargo, debe haber sincronía entre ellas dos. De poco sirve una pena alta si la probabilidad de ser capturado es baja, y viceversa.
Y acá viene el factor clave que podría generar las consecuencias no deseadas, y es el hecho de imponer exactamente la misma pena tanto para violar como para matar. Hablemos de un criminal para quien violar le reporta cierta utilidad, digamos que matar hasta ese momento no le reporta ninguna. Este violador, con la nueva ley, no tiene que ser un genio para saber que si es capturado tendrá exactamente la misma pena que si hubiera matado. Y tampoco tiene que ser muy listo para querer reducir la probabilidad de ser atrapado. Para reducir esta probabilidad puede eliminar a la víctima de su violación, pues el principal testigo-víctima ya no podría señalarlo, identificarlo, acusarlo, etc. Y de todas formas, la magnitud de la pena será la misma si se hubiera quedado en la violación. Puede obtener la misma utilidad reduciendo los costos asociados a su crimen, a menos que matar le cause algún recelo moral, cosa que personalmente dudo. Un delincuente suficientemente cruel para violar a un menor, posiblemente sea lo suficientemente cruel para matar.  
Entonces, podríamos llegar a ver que la tasa de homicidios asociados a violaciones aumentaría, cuando antes teníamos únicamente violaciones. Una clara consecuencia no deseada, creo yo. 
El derecho le ha denominado a esto derecho penal simbólico, que no es más que creer que un aumento en la pena soluciona la criminalidad. Lo malo de esto es que no pasa de ser un símbolo insulso, incapaz de arreglar el problema real. Lo único que no es simbólico es lo que queda después, la frustración del público y la desconfianza en las instituciones. Esto es tan real como morir por causa de una víbora.


Notas:
Nota 1:  Las consecuencias imprevistas no siempre son malas. A veces los resultados son buenos. A esto se le conoce como serendipia. 
Nota 2: Quien esté interesado en la exposición de motivos del proyecto la puede consultar en: http://www.imprenta.gov.co/gacetap/gaceta.mostrar_documento?p_tipo=03&p_numero=204&p_consec=41280 . El texto del proyecto lo pueden ver en:  http://marthavillalba.com/sites/default/files/2015/02/19/documentos/proyecto_de_acto_legislativo_numero_204_de_2015.pdf 
Nota 3: El proyecto planteado modifica una norma constitucional y no llega a las especificidades de aclarar que la violación y el asesinato tendrán la misma pena. Pero sabemos que por ahí van las intenciones. Así es como se ha vendido la idea: http://www.eltiempo.com/politica/justicia/cadena-perpetua-para-violadores/15259195 

UNA SOLUCIÓN MÁS CARA, POR FAVOR

¿Cree usted que un gran problema sólo puede ser resuelto pensando en grande e invirtiendo grandes sumas de dinero? La sabiduría popular nos enseña que grandes problemas requieren grandes soluciones, y también que lo barato sale caro. Sin embargo, la sabiduría popular, la más de las veces, está equivocada (Por ejemplo, no existe evidencia sobre los beneficios de tomar mucha vitamina C cuando tenemos gripa para contrarrestar sus efectos)
En la anterior entrada (Impuestos Altos en Calorías) había dicho una de esas cosas que se dicen al pasar, obiter dictum en la jerga de los abogados. Había dicho que tendemos a creer que la manera de solucionar un problema es pidiendo más recursos para un sector. El año 2014 terminó con un paro judicial de casi tres meses y todo indica que dentro de poco se irán a paro nuevamente. Las razones de ASONAL, el sindicato de la rama judicial, son casi las mismas de siempre: La justicia es precaria y para que funcione mejor se requiere aumento de salarios, creación de más juzgados, reforma estructural, etc., es decir más recursos para el sector. El hecho de que los grupos de presión defiendan sus propios intereses no es, en sí mismo, algo criticable. Aderezar sus peticiones particulares con argumentos sobre el bien común tampoco es novedad. Yo creo, en cambio, que las soluciones baratas y simples, siempre que funcionen, deberían ser las primeras a elegir. Y por eso voy a contar dos historias:
  1. Hasta que no se inventen algo mejor, las notas siguen siendo el mejor indicador para saber si somos buenos haciendo algo. Cuando salen los resultados de la pruebas PISA, que no es más que una nota, todos empezamos a hablar sobre todos los males de la educación y sus soluciones: Profesores mejor pagos, educación gratuita, salas de clase con menos estudiantes, jornada completa, etc. Se han gastado millones de pesos sobre el sistema de educación y, en general, los resultados siempre son casi siempre los mismos. Pero vean esto: En una región pobre de China llamada Gansu, alrededor de 2500 niños de escuela necesitaban gafas pero apenas 59 de ellos las tenían. Se llevó a cabo un experimento y les entregaron gafas a la mitad de los niños que las necesitaban. Después de un año, las evaluaciones y notas de estos mejoraron. Aprendieron más y mejor que sus compañeros que no las tenían. Cada par de gafas costó 15 dólares. 
  1. Al Gore se ha convertido en el gurú mundial de la lucha contra el calentamiento global, es todo un Rockstar. Sus propuestas para detenerlo implican tanto acciones individuales, que parecen baratas, como acciones globales que no parecen tanto, pues requiere que muchos gobiernos emitan regulaciones al respecto, que las empresas se pongan de acuerdo para disminuir emisiones de CO2; y por último ¡¡¡Que los seres humanos cambien su conducta y hábitos de consumo!!! Todo esto cuesta mucho dinero. Sin embargo, podría haber otra solución. En 1991, el volcán Pinatubo (En las Filipinas) hizo erupción. Ningún volcán había explotado con la potencia de éste en mucho tiempo. Fue tal su fuerza que durante los nueve minutos que duró la erupción, expulsó a la estratósfera unos 20 millones de toneladas de dióxido de azufre. El azufre se esparció por toda la estratósfera y, mientras estuvo allí, actuó como un gran paraguas cubriendo la tierra. Al cabo de dos años, la temperatura de la tierra descendió 0.5 grados centígrados, lo mismo que había aumentado en casi cien. No pasó mucho tiempo antes de que alguien se preguntara si ésta podría ser una solución al problema del calentamiento global. La pregunta técnica era obvia: ¿Es posible poner dióxido de azufre en la estratósfera de manera controlada?; y, de ser posible, ¿Cuánto vale hacerlo? La respuesta a la primera pregunta fue “Sí”; y a la segunda fue “Muy poco en comparación con otras soluciones”. 20 millones de dólares cuesta poner en marcha este plan, y 10 millones de dólares el costo anual de operación. Le presentaron la solución a Al Gore, y básicamente dijo que era una tontería, que no podía ser posible que algo tan difícil de solucionar fuera tan barato. Para Al Gore, al parecer, la solución de un problema tan complejo tiene que valer miles de millones de dólares. (Entre otras cosas, ¿Han visto que el Calentamiento Global se convirtió en una nueva religión? Cuidadito con poner en duda alguno de sus dogmas.)

“¿Calentamientos globales a mí?”

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¿Qué es lo interesante de las anteriores historias? Que se enfrentaron a un problema difícil, complejo, extenso; y las soluciones fueron baratas, simples, efectivas y se concentraron en una pequeña parte del problema. Resulta esperanzador saber que pensar en pequeño puede dar buenos resultados. Pensar en grande para solucionar un gran problema, a pesar de lo que digan los conferencistas motivacionales, conlleva muchas dificultades: Hay que tener muchísimas cosas en cuenta; los costos de transacción son elevados (Invertimos mucho tiempo e información obteniendo y procesando datos); hay mayor riesgo de equivocarnos porque pensar así es un ejercicio especulativo; es difícil establecer qué funciona y qué no; y, por supuesto, cuesta mucho dinero. Damos por hecho que la única manera de solucionar algo tan grande es abordándolo con todas sus variables, pero ya es un reto en sí mismo poner de acuerdo a los expertos sobre cuáles son esas variables
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“¿Calentamientos globales a mí?” 



No quiero decir que los problemas de la justicia sean fáciles de solucionar, ni siquiera si los dividimos en problemas más pequeños. El punto es que pensar en pequeño no parece ser algo a lo que estemos acostumbrados, y deberíamos. ¿Es el de la justicia un problema tan supremamente complejo y costoso que sólo se puede salir de él con una reforma estructural, que tomaría muchísimo tiempo y que además cuesta miles de millones? Afirmar que la justicia está en crisis, a la larga, no nos dice mayor cosa. Al final del día al ciudadano lo que lo ofende es que su proceso se demore mucho tiempo, o que el ladrón que atraparon hace una semana ya esté afuera. Tampoco soy un indignado ni un pesimista, pero sí me gustaría saber cuál es el punto de los sindicatos para vendernos la idea de que mejores salarios harán que los procesos duren menos. O que  nos respondan por qué un juez colombiano resuelve 448 casos al año y uno de EEUU 3135. Intentaré pensar en preguntas sencillas y soluciones igual de sencillas a ese tema y en una entrada futura hablaré de ellos. Tal vez lo único que se necesita es un par de gafas nuevas, de las baratas.
Notas:
1. El caso del experimento de las gafas para los niños de China fue tomado de Think Like a Freak. El del volcán Pinatubo fue tomado de Superfreakonomics. Ambos libros fueron escritos por Seteven D. Levitt y Stephen J. Dubner. 
2. La estadística sobre la comparación de casos resueltos por jueces colombianos frente a jueces norteamericanos fue tomada de la siguiente noticia: http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-11593661

IMPUESTOS ALTOS EN CALORÍAS

“Es una época difícil, hacia donde se mire hay crisis”, dicen unos. “Este es el mejor momento de la humanidad, la prosperidad alcanzada no tiene equivalente en la historia”, dicen otros. Los políticos son dignos representantes del primer grupo. En ocasiones, las crisis son enemigos inventados que, dicen, sólo pueden ser derrotados por el todo-lo-puede y todo-lo-sabe Estado.
Para vencer a esos enemigos casi siempre se proponen dos recetas mágicas: La primera es “más recursos” para el sector del que estuviéremos hablando: educación, salud, vivienda, etc. Creen que más dinero es la solución. La segunda es pretender organizar y planificar la vida de las personas y decirles qué es lo mejor para ellas. La noticia que leí hace poco tiene algo de ambas. Parece que en el nuevo Plan Nacional de Desarrollo (2014-2018) el gobierno tiene la intención de controlar aquellos alimentos que afectan la calidad nutricional. Lo primero de lo que han hablado tanto el Ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, como el Ministro de Salud, Alejandro Gaviria, es de un impuesto a las bebidas azucaradas, es decir a la gaseosa, el té, los jugos envasados, etc. Muchas calorías engordan, y no es un secreto que la gordura puede acarrear problemas de salud a las personas que la padecen, por ejemplo diabetes e hipertensión cuyos tratamientos consumen recursos del sistema de salud. El impuesto no es novedoso y ya se aplica en 20 países donde se quiere atacar a la obesidad. 
Un impuesto que grava esas bebidas está dirigido, en teoría, a que la gente las compre menos, por lo tanto consumiría menos calorías y no se hará obesa; ergo, no tendría problemas de salud por aquella razón. Suena bien. Sin embargo, en México que es el país con mayor población obesa en el mundo y que ya cuenta con una ley de esas características, no hay resultados concluyentes sobre el impacto de la misma. Allí, el consumo de gaseosas se ha reducido en 4,4%, algo que para los nutricionistas es insuficiente para resolver el problema. El efecto es apenas marginal, sin mucha posibilidad de que sea una solución efectiva.

No obstante, en lo que sí parece que ha tenido buenos resultados la ley es en otro aspecto. Al Ministro de Hacienda Cárdenas la idea sólo le empezó a sonar después de que tocó el tema con el Ministro de Hacienda de México y éste le confirmó que en su país el impuesto es un éxito en términos de recaudo.

Hay normas legales que sencillamente no producen las consecuencias deseadas. En caso de que la propuesta se convierta en una norma (Aclaro que aunque he leído el Proyecto de ley del PND, no encontré la referencia de la que habla la noticia. Sin embargo, es posible que durante su discusión en el congreso se incluya), es posible que se convierta en una de esas que no consiguen lo que quieren, y la razón es fundamentalmente económica. En teoría, cuando el precio de un bien sube, baja su consumo. Esto parece ser lo que tienen en mente al proponerla. Sin embargo, hay algunos bienes con los que esa regla no aplica, a estos se les llama bienes inelásticos: Aunque un bien inelástico suba de precio, la gente lo seguirá comprando casi en las mismas cantidades. Es posible que disminuya su consumo, pero no de una manera directamente proporcional al aumento del precio. Pasa mucho cuando no hay un bien que reemplace al bien que sube de precio. Por ejemplo, si le suben el precio al galón de gasolina, ¿Con qué lleno el tanque de mi carro y lo muevo? No hay modo pues no hay un sustituto de la gasolina en el mercado, y al no haber un sustituto para la gasolina tengo que comprarla a ese precio, sí o sí. Lo único que puedo hacer es ofuscarme y pagar.

Las bebidas azucaradas son bienes inelásticos. Un estudio mencionado en la noticia señala que las preferencias del consumidor colombiano sobre ellas son de tal magnitud que un aumento en el precio no afectaría mayormente su consumo. Ahora bien, cuando un bien y sus sustitutos son gravados por igual, tampoco hay mucho de donde elegir. Suponiendo entonces que las gaseosas tienen mucha responsabilidad en la obesidad en Colombia, (Digo suponiendo porque habría que determinar cuántas calorías en promedio aporta cada bebida sobre la dieta de los colombianos, y si ese consumo es representativo en la causa de la obesidad) el impuesto sobre aquellas no haría que disminuyera su consumo en una medida que tenga consecuencias positivas en la salud.

Sus consumidores, que son principalmente las clases media y baja, estarán pagando más por el tipo de bebida que regularmente consumen sin que se consiga el propósito para el que fue creado el impuesto: que la gente baje de peso y evite enfermarse por eso, ¿Es eficiente encarecer artificialmente un producto cuando sus consecuencias no serán las esperadas?
Por otro lado, aun cuando se consiguiera un resultado satisfactorio en términos de reducción de calorías consumidas, la pregunta moral que uno se puede hacer es la siguiente: ¿Es deseable que el Estado nos diga qué beber? No se puede negar que la obesidad tiene unos problemas de salud pública, pero definitivamente hay una cuestión de responsabilidad individual que la ciudadanía debe enfrentar. Un ciudadano adulto que voluntariamente decide consumir toda la Coca-Cola que desee pues debe cargar también con las consecuencias. Phillip K. Howard escribe en su extraordinario libro La Muerte del Sentido Común que el exceso de regulación ha hecho que cada vez que algo malo pasa no responsabilizamos a las personas sino que exigimos una ley para garantizar que eso no vuelva a pasar otra vez  (Phillip K. Howard. The Death of Common Sense. Random House, 2011; Kindle Edition, Pos. 2983). Exactamente eso pasa acá. Que cada individuo tome las decisiones que quiera, correctas o incorrectas, pero que no sea el Estado el que le diga qué, cuándo y cómo hacerlo. ¿Nos toman por incapaces de saber qué cosas, buenas o malas, son las que queremos para nosotros?
Si es por obligarnos a comer saludable, nada impediría que cualquier otro alimento de dudosa calidad nutricional se vea afectado con el impuesto: empanadas, tamales y chorizos podrían técnicamente engrosar las filas de los nuevos enemigos públicos. Seguramente no ocurrirá, pero entonces será evidente que de lo que se trata es de sacarnos el dinero con el argumento de siempre, que es por nuestro bien.