QUÉ TIENEN EN COMÚN CHARLES DARWIN Y LOS COLADOS DE TRANSMILENIO (PARTE 2/2)

En 1969 se hizo el siguiente experimento: Dos autos idénticos fueron abandonados en dos calles diferentes de Estados Unidos. Uno fue dejado en la zona del Bronx en Nueva York, una zona pobre y peligrosa. El otro en Palo Alto, California, una zona rica y tranquila. El auto en el Bronx empezó a ser dañado a las pocas horas de estar allí. Rompieron sus vidrios, se robaron el radio, los espejos, las llantas, todo. Era algo que los investigadores esperaban. El auto dejado en Palo Alto, sin embargo, no sufrió ningún daño. Una semana después había un carro desmantelado y otro en perfecto estado.
Fue entonces cuando los investigadores decidieron romper una ventana del automóvil que estaba en Palo Alto. Ocurrió que, poco a poco, este auto también empezó a ser desguazado y quedó igual de desecho que el del Bronx. Los investigadores concluyeron que el hecho de que el carro tuviera un vidrio roto, y además pasara tiempo sin que alguien se preocupara de él, envió un poderoso mensaje sobre falta de autoridad y ausencia de derechos de propiedad. Esto incitó a romper la siguiente ventana, y así sucesivamente hasta acabar con él.
Con ese antecedente se formuló tiempo después la llamada Teoría de las Ventanas Rotas. Esta sostiene que alteraciones menores, si no se controlan, se transforman en alteraciones mayores. Al tolerar/permitir pequeñas infracciones, éstas se van a repetir, se producirá un efecto rebaño y crecerán en intensidad.
Lo importante de la teoría es que señaló que el comportamiento vandálico no tiene una causa objetiva, entendiendo por esta una causa directa, exclusiva y lineal. Es decir, la causa no fue la pobreza, y yo digo que tampoco lo fue la falta de educación o la de cultura (Trágate esa, sabiduría popular). Por el contrario, el experimento mostró que el factor relevante fue un ambiente donde las instituciones brillaban por su ausencia.
Las primeras infracciones en TM tenían que ver con borrachos orinando en la estación, un vendedor en la entrada o losas rotas sin arreglar. Todo se desatendió desde el comienzo, y fue como poner un mensaje a todo color diciendo “A nadie le importa”. Luego la cosa degeneró a tal punto que ahora se ven personas haciendo fila para colarse (Es mi infracción preferida), personas abusadas, muertos y una desconfianza generalizada de los usuarios.
Por eso, cualquier solución dirigida a desincentivar el comportamiento indeseado es lo mejor que se puede hacer. Por supuesto, hacerlo ahora es más costoso que al comienzo. El tema con los incentivos es encontrar la medida exacta. Encerrar por horas a los colados podría funcionar como medida disuasoria, pero no todo el público tiene estómago para aceptarlo. Así que impedir o retardar el ingreso al sistema desde la calle usando puertas con mejor tecnología; multar y evitar que los colados se fuguen durante la multa; y avergonzar públicamente a los individuos colados, debería estar funcionando.
Ahora bien, reducir el número de colados a cero será imposible en la práctica. No siempre encontrará ciudadanos motivados para avergonzar a los infractores, o habrán algunos de estos a quienes la desvergüenza social no les afecte. Pero además, cada vez que atrapa a un colado necesita más recursos para agarrar al siguiente. De allí que las medidas deberían concentrarse en unos pocos lugares. Con fundamento en la Ley de Pareto me atrevo a decir que en el 20% de las estaciones se encuentran el 80% de los colados. Esto exigiría aplicar las medidas solamente en esas estaciones y después de un tiempo medir los efectos. En caso de que no funcione habría que reconocer que se fracasó y luego ensayar otras. O tal vez tendríamos que dejar a otra generación “más educada” que encuentre la solución.

Si mucho de lo que leyó le pareció una perogrullada, lo entiendo. Por eso quiero terminar la entrada con un valioso consejo: Si hay un letrero pintado en su casa, límpielo ya. O si no tendrá en poco tiempo un muro colorido recordándole cuáles son los equipos de fútbol de la ciudad.