CAPITÁN FANTÁSTICO

Finalmente vi Capitán Fantástico, la película con Vigo Mortensen como protagonista. Lo que sabía de ella me la vendió de inmediato: Ben (Mortensen) es un padre de 6 hijos. Junto con su esposa han decidido educar a sus hijos por sí mismos sin enviarlos a la escuela. Los personajes viven retirados en las montañas como ascetas, allí entrenan, sudan y se lastiman. Cazan y cosechan su propia comida. Estudian y debaten. 

El director lleva eso al extremo para mostrar a unos individuos decidiendo lo que más conviene a los suyos y quitando de en medio a unos más listos, llámense ministros, ONG’s o magistrados brillantes de alguna corte. Ese mensaje salva a la película, porque el resto destila tanto tufo antisistema que hastía. Lo de siempre: las empresas son malas, la riqueza peor, y para subir el ánimo en la cena… pues a burlarnos de las creencias religiosas de los demás. Pensamiento crítico lo llaman. Y no es que el mensaje antisistema no pueda ser interesante, sino que hay tanta incoherencia y defensa de ideas equivocadas en la película que es imposible no fijarse. Acá mi selección de momentos desafortunados (Con spoilers):

 1. Ben y su hijo mayor hablan de política. Este último aclara que en el pasado fue Troskista, pero ya no, porque ahora es Maoista. Como si hubiera diferencia. En los estados totalitarios los niños son del Estado y éste dice cuál es su destino. El adoctrinamiento de los pequeños y la adoración al líder es la regla número 1 de cualquier tirano y esto exige que los padres no puedan decidir qué valores enseñarles. Ya quisiera ver a unos padres en la china de Mao eligiendo no enviar a sus hijos a una escuela “pública, gratuita y de calidad”. Su aventura del homeschooling no podría nunca comenzar. 

2. La suegra de Ben le muestra a éste una carta que dejó su hija. En ella dice que, junto con su esposo, han creado un paraíso salido de la república de Platón, y que sus hijos serán filósofos reyes.

Platón, para ponernos al día, es el filósofo de cabecera de dictadores y totalitarios. Su pensamiento político se basa en un gobierno centralizado y fuerte donde el individuo debe someterse a lo que el Jefe considere. El individuo no importa. El jefe, debería ser, claro, un rey filósofo. Y este concepto que tantos adeptos tiene, el del rey filósofo, no es más que la pretenciosa idea de creer que las sociedades se pueden organizar de arriba hacia abajo por parte de un gobernante sabio, justo y bueno. Y aunque no es una incoherencia, per se, sí es una idea tan enquistada y equivocada que da vergüenza ajena ver tanta reverencia que le hacen a diario. Los filósofos reyes son ingenieros sociales y todos los experimentos de ingeniería social a gran escala han terminado en miseria, hambre y con la gente en las calles reventando las ventanas.

3. Ben y su familia hacen odas a Noam Chomsky, el famoso intelectual de la izquierda norteamericana. Chomsky que en el pasado alabó y fue amigo del régimen chavista, en una reciente entrevista sobre los gobiernos de izquierdas latinoamericanos le echó culpa de sus fracasos a la corrupción, “Además, hubo una corrupción enorme. Es penoso ver al Partido de los Trabajadores de Brasil, que llevó adelante medidas significativas, que no haya podido mantener sus manos fuera de la caja.Se sumaron a la élite más corrupta, que roba todo el tiempo, fueron parte de ella y se desacreditaron”.

La corrupción no es la causa del desastre, es consecuencia del inmenso poder que acumulan los estados. La intelligentsia progre no ha sido capaz de entender que, en últimas, el fracaso de la izquierda no es por la corrupción o porque los gobernantes no son tan puros como creían. El fracaso deviene por las ideas equivocadas que defienden desde socavar la iniciativa privada, controlar precios y regular cada aspecto de la vida del individuo.

Al final me quedo con la escena en la que la hija menor de Ben recita y da su versión de la Carta de Derechos (El Bill of Rights), el término para designar las primeras 10 enmiendas de la Constitución de USA. Es gracias a los principios desarrollados allí que el Capitán Fantástico tiene una propiedad en las montañas, sin temor a que la expropien, donde puede expresar las ideas en las que cree. No advierte, sin embargo, que si esas ideas se materializaran no tendría esa libertad. Me recuerda a todos los que añoran paraísos socialistas, pero cuando tienen que buscar refugio lo hacen en un país del primer mundo. Porque serán de izquierdas, pero tontos no. 

LA SOSA CORRUPCIÓN

Para ser un tema tan sensible es increíble que quienes han hablado al respecto repitan las mismas palabras sosas e inútiles. Porque si algo merece premio a los lugares comunes es la corrupción. Las últimas semanas están llenas de opiniones al respecto. Los indignados, por ejemplo, han bromeado con la pena capital, han culpado a la crisis de valores y a la mala educación, y han hecho la irreverente propuesta de votar bien. En resumen, ¡¡¡Que alguien haga algo, por Dios!!!

También hay análisis que, aunque no exudan rabia, pecan de buenismo. ¿Alguien acaso diría que no a las fórmulas gaseosas de fortalecer los mecanismos de control y de cambiar la actitud de la sociedad?

Este último análisis tenía una perspectiva puntual sobre la contratación pública. Me gustó, excepto cuando dijo que “Colombia debe reevaluar el beneficio de “ahorrar” en estudios y obligarse a asignar presupuestos suficientes para que los costos de las obras se dimensionen adecuadamente antes de proceder a contratarlas”. Suficiente.

Todos esos diagnósticos y sus soluciones tienen dos cosas en común. La primera, viene de opinadores de la sociedad civil. La segunda, todos reclaman más Estado (Tal vez consideran que no ha habido suficiente). Quieren apagar fuego con gasolina. En últimas, sus reclamos significan más burocracia, regulaciones o impuestos. Y es justamente ese medio en el que se cuece la corrupción.

Los opinadores en general están tan intoxicados de pensamiento único, y profesan tal reverencia a las posibilidades del poder, que son incapaces de ver la contradicción de sus planteamientos. Es la misma inconsistencia filosófica de los que se indignan por las alzas de impuestos y, a la vez, exigen que todo lo que defienden se convierta en derecho. Y ahora que ya casi arrancan las candidaturas presidenciales, todos los candidatos se subieron al bus de la anticorrupción, reduciendo el tema de la corrupción a un problema de personas: Si ha habido corrupción es porque no ha estado las personas correctas al mando. Pero eso es un error.

Aclaro que la calidad moral de las personas es importante, pero es un riesgo muy grande confiar en la sabiduría y bondad de los que lleguen a gobernar. Considerando que los peores elementos son lo que están dispuestos a hacer lo que sea por el poder, el riesgo es mayor. Por eso, lo único que en verdad importa son los límites del Estado. Límites a la burocracia, las regulaciones y a los impuestos, y por ahí mismo a todo lo demás en lo que se quiere meter.

Karl Popper decía que la democracia consiste en poner bajo control al poder político. Por eso, la discusión importante no debería ser por quién vamos a votar. El punto importante sería cuáles son los límites de los que serán elegidos.

Pero los políticos no hablan de límites. Al contrario, necesitan más poder para poner las cosas en orden. Y como ese poder necesita dinero, tampoco le van a decir que tenemos que disminuir la presa y que deje de ser tan apetitosa. ¿Pero acaso no necesitamos dinero para construir las carreteras que nos conducirán a la prosperidad? Pues mire, sin instituciones que incentiven a los individuos a generar riqueza, unas fabulosas carreteras no sirven de nada. Y en un país donde se ataca constantemente a la innovación y la libertad económica de los individuos, dudo mucho que existan esas instituciones.

Al final de todo, los individuos seguiremos indefensos ante el poder del Leviatán. No crea el argumento perezoso según el cual la corrupción es hija de la falta de Estado. Porque si la receta es mala, no importa lo bueno que sea el cocinero.