LA SOSA CORRUPCIÓN

Para ser un tema tan sensible es increíble que quienes han hablado al respecto repitan las mismas palabras sosas e inútiles. Porque si algo merece premio a los lugares comunes es la corrupción. Las últimas semanas están llenas de opiniones al respecto. Los indignados, por ejemplo, han bromeado con la pena capital, han culpado a la crisis de valores y a la mala educación, y han hecho la irreverente propuesta de votar bien. En resumen, ¡¡¡Que alguien haga algo, por Dios!!!

También hay análisis que, aunque no exudan rabia, pecan de buenismo. ¿Alguien acaso diría que no a las fórmulas gaseosas de fortalecer los mecanismos de control y de cambiar la actitud de la sociedad?

Este último análisis tenía una perspectiva puntual sobre la contratación pública. Me gustó, excepto cuando dijo que “Colombia debe reevaluar el beneficio de “ahorrar” en estudios y obligarse a asignar presupuestos suficientes para que los costos de las obras se dimensionen adecuadamente antes de proceder a contratarlas”. Suficiente.

Todos esos diagnósticos y sus soluciones tienen dos cosas en común. La primera, viene de opinadores de la sociedad civil. La segunda, todos reclaman más Estado (Tal vez consideran que no ha habido suficiente). Quieren apagar fuego con gasolina. En últimas, sus reclamos significan más burocracia, regulaciones o impuestos. Y es justamente ese medio en el que se cuece la corrupción.

Los opinadores en general están tan intoxicados de pensamiento único, y profesan tal reverencia a las posibilidades del poder, que son incapaces de ver la contradicción de sus planteamientos. Es la misma inconsistencia filosófica de los que se indignan por las alzas de impuestos y, a la vez, exigen que todo lo que defienden se convierta en derecho. Y ahora que ya casi arrancan las candidaturas presidenciales, todos los candidatos se subieron al bus de la anticorrupción, reduciendo el tema de la corrupción a un problema de personas: Si ha habido corrupción es porque no ha estado las personas correctas al mando. Pero eso es un error.

Aclaro que la calidad moral de las personas es importante, pero es un riesgo muy grande confiar en la sabiduría y bondad de los que lleguen a gobernar. Considerando que los peores elementos son lo que están dispuestos a hacer lo que sea por el poder, el riesgo es mayor. Por eso, lo único que en verdad importa son los límites del Estado. Límites a la burocracia, las regulaciones y a los impuestos, y por ahí mismo a todo lo demás en lo que se quiere meter.

Karl Popper decía que la democracia consiste en poner bajo control al poder político. Por eso, la discusión importante no debería ser por quién vamos a votar. El punto importante sería cuáles son los límites de los que serán elegidos.

Pero los políticos no hablan de límites. Al contrario, necesitan más poder para poner las cosas en orden. Y como ese poder necesita dinero, tampoco le van a decir que tenemos que disminuir la presa y que deje de ser tan apetitosa. ¿Pero acaso no necesitamos dinero para construir las carreteras que nos conducirán a la prosperidad? Pues mire, sin instituciones que incentiven a los individuos a generar riqueza, unas fabulosas carreteras no sirven de nada. Y en un país donde se ataca constantemente a la innovación y la libertad económica de los individuos, dudo mucho que existan esas instituciones.

Al final de todo, los individuos seguiremos indefensos ante el poder del Leviatán. No crea el argumento perezoso según el cual la corrupción es hija de la falta de Estado. Porque si la receta es mala, no importa lo bueno que sea el cocinero.